jueves, 17 de noviembre de 2016

2006: Capítulo IX




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El nudo en la garganta crece. Viene creciendo progresivamente desde que subió al auto. Con el brazo colgando en la ventanilla y tamborileando a veces la puerta para mitigar la ansiedad, siente el viento fresco de una circunvalación que le regala una noche que no es de otoño pero tampoco de verano. Mira hacia afuera para que no le vean las lágrimas, y cada tanto asoma apenas la cabeza para despeinarse y así poder limpiarse los ojos sin que lo noten.
Gema y su mamá hablan pero él no escucha. En la radio pasan canciones que ya no suenan. No hay luna en la noche que verá de nuevo a su abuelo.


 Capítulo IX: Sombra del fuerte abuelo

Lucas bajó primero del auto y enfiló decidido por el portoncito bajo de la entrada, que crujió oxidado a pesar de estar engrasado. La baldosa floja del primer paso estaba ahí, como siempre estuvo, y su pie bailó al pisarla. Un viejo balde naranja, que supo ser rojo, rebalsa lentamente alimentado por las gotas que caen de la manguera enchufada; algún jazmín ya seco o arrancado o una dama de noche que no llegó al 2015 son quizás los destinatarios del chorro humilde. El jardincito del frente, cortado al medio por las viejas baldosas, le da la bienvenida a Lucas entre grillos y perfumes olvidados. Atrás se escuchan los portazos del auto. Adelante se presentan cálidas las paredes calentadas por el último sol de la tarde. El nudo en la garganta crece.
Antes de abrir la puerta Lucas mira atrás sobre su hombro: viaja a los cumpleaños de noviembre, celebrados en familia en el costado derecho del jardincito donde su abuelo estacionaba su viejo Falcon, que ya no está, y que dejaban en la vereda para poner las mesas. Él siempre regaba el cemento y echaba tierra sobre las manchas de aceite, o lo mandaban a poner las sillas (¡Dios, cuánto odiaba poner las sillas!). Mira sobre su otro hombro y ve el costado izquierdo, lleno de rosales hermosos pero traicioneros, amantes de pinchar pelotas. El portoncito se queja, Gema cruza la entrada pero no se percata de nada. Lucas agarra el picaporte, lo tira hacia abajo y cierra los ojos. El nudo en la garganta crece.
Quien cruza la puerta es la misma persona que unos años después (o antes) entraría destruido a buscar la vieja guitarra criolla de su abuelo, regalo póstumo que prometió restaurar y aprender a tocar pero que nunca usó. Quien cruza la puerta es la misma persona que casi no lloró esa tarde de septiembre en que encontró adentro a toda su familia, menos a su abuelo. Es la misma persona que en los años anteriores a la partida nunca visitó, salvo por esas cenas opacas del Día del Padre o el cumpleaños poco concurrido de principios de noviembre, a esa persona que guardaba historias que se fueron sin ser contadas. Es la misma persona la que cruza, pero no el mismo Lucas.
El nudo en la garganta crece, y hasta el chirrido agudo de la puerta le trae nostalgia. Un perfume lejano a loción de afeitar lo invita a pasar y a hacer memoria. Un aroma a veranos de sandías y el gusto a inviernos de sopaipillas le dicen que entre, a la vez que la ilusión de los instantes previos a las doce y el color de una bengala le recuerdan que allí se celebraron incontables navidades. Una risa de rumy y un grito de truco retumban silenciosos en el living, y el olor al asado dominguero le asegura que por esa puerta se entra a la felicidad. Primos que ya no ve, tíos que ya no están, tonadas y valsecitos criollos que ya no se tocan, tardes en familia guarecidas en paredes que en el 2015 protegen a otras personas. La puerta que tantas veces cruzó, inocente y hasta apático, le abre el camino hacia un pasillo que esa tarde no atravesó. Todo es sombra y penumbra, formas borrosas y recuerdos, hasta que cruza el dintel.
-          
       - Abu, ¿nos cantás una canción?
-         - Sí, cómo no. ¿Cuál quieren?
-         - No sé… Una que te guste mucho.
-         - Una que me guste mucho… Es difícil, Luquitas: todas las que canto me gustan.
-         - Bueno, entonces cantá la que me gusta a mí…
-         - ¡No! No vale que cantés la que le gusta a él –interrumpieron los demás primos.
-     -Pasame la guitarra, Vivi. Voy a cantar la que le gusta a Lucas –todos reprocharon- y después les canto la que les guste a ustedes, ¿quieren?



El portoncito se cerró y las rejas del frente vibraron. Lucas ya cruzó la puerta hacia su niñez. El nudo en la garganta crece.
Avanza por el pasillo que da al living y el aire fresco de la noche le recuerda los mediodías de domingo. Ese pasillo estaba fresco todo el año, sobre todo en las siestas de verano, aquellas interminables horas de silencio forzado y de pericanas parraleras, de cornetas de heladeros y bombitas reventadas en la vereda. Los otoños de olor a pan tostado en la tarde, el pescado frito de Semana Santa, el silencio de la mañana sólo cortado por la radio AM de un lunes sin escuela. Era el nexo entre la fría calle de invierno y la cuchara revolviendo el tecito de las cuatro. Refugio de los zondas de agosto y las primeras lluvias de primavera. Depósito de zapatos de Epifanías y garaje de bicicletas aventureras. Ese pasillo siempre estuvo vivo y nunca lo notó, nunca lo disfrutó como lo hacía ahora que con la punta de los dedos iba sintiendo su pared, fresca también, lisa, con caricias de décadas.
El piso brilla a la luz amarilla de ese foco que él siempre creyó eterno. Las baldosas que en algún momento fueron nuevas ahora están descoloridas y desparejas. Los adornos, los cuadros, las carpetas sobre la mesa y los aparadores. Avanza tan lento que Gema y su madre le piden permiso y lo rebasan.
El nudo en la garganta crece.
Besos protocolares se escuchan en la cocina, búnker de un viejo que transita sus últimos años. El pasillo y el living quedan atrás y a la izquierda se asoma el comedor, lugar que atesora imágenes borrosas de almuerzos de Pacuas y refugio de tardes de chaya; aula de deberes tras la escuela, hogar de carameleras saqueables y platos abundantes compartidos en familia.
Las sillas con respaldo alto conservan el barniz que hace cinco años le pusieron y nunca llegó a gastarse. Hay papeles sobre la mesa que tienen tierra de semanas, evidenciando un recodo poco visitado en ese hogar. Lucas igual entra, acariciando ahora la mesa y las sillas… levanta uno de los papeles y ve que es una vieja boleta de la luz. La fecha es por el bimestre enero-febrero de 2006. La ventana que da a la calle está cerrada. Una carcajada olvidada para siempre y que proviene de la cocina lo saca de la cifra a pagar. El nudo en la garganta crece, ya casi insoportable.
En un rincón espera apagado el viejo grabador setentoso, con las teclas rotas y las letras borradas. El dial está religiosamente puesto en Radio Colón.
-           
        - Luquitas, ¿le pediste permiso a tu madre para ir?
-          - Sí, dice que me porte bien y que te haga caso en todo…
-          - Bueno, vamos que la carrera ya pasó por el puente de Caucete.

Apaga la luz del comedor y en oscuras cae la primera lágrima. Sale al pasillo y a la derecha está el baño, con su puerta entreabierta. De allí sale una brisa fresca también, perfumada con ese olor a cuarto viejo pero limpio que él siempre asoció a ese baño. Con el aire viene el sonido de la gotera perpetua de una canilla rebelde que nunca quiso cerrar bien, y el recuerdo de la primera afeitada frustrada con esa guilette vieja hecha para manos hábiles. Viene también la vergüenza de tener que ir al baño con la casa llena de familiares, el olor del jabón al lavarse las manos antes de comer. En la penumbra se ve que los azulejos son verde claro, un color casi imperceptible, con flores pequeñas y gastadas. En algún momento ese baño supo ser de un verde vivo y con flores frescas como las que adornaban en primavera el patio trasero. 
Ese jardín interminable de pájaros libres y frutales generosos, de parras frescas custodiando la larga galería. Santuario de madrugadas y estrellas, templo de vinos entre amigos y amaneceres inoportunos. Allí se ve él remontando un volantín entre los árboles, y a Gema trepándolos para bajarlo. Ve el viejo horno de barro que ya no está, los trastos que oficiaron de escondite y la piecita llena de avispas a donde nadie se animaba a entrar.
El nudo en la garganta está a punto de asfixiarlo. Un poco más atrás de la puerta del baño está la de la cocina, cerrada. Alguien quiere salir pero se queda conversando. Una línea fulminante separa el marco de la puerta. El picaporte está bajo. Lucas no se puede mover.
El nudo en la garganta ya no puede crecer más.
La puerta se abre, dejando ver a las personas que hay en el interior. Gema sale hacia el baño, chocando a un inmóvil Lucas.
Las piernas le tiritan. El corazón suena en su pecho. El ritmo baja pero el golpe aumenta. Aprieta sus dientes. Cierra sus manos. Llora. Llora más que esa tarde de septiembre. Llora mientras corre a la cocina. Llora mientras ve a su abuelo sentado en la silla de totora en el extremo de la mesa. Llora al escucharlo decir su nombre. Llora al sentir su cuerpo al abrazarlo como en su puta vida ha abrazado a alguien.
El nudo en la garganta explota en un ancestral y sincero grito:
 - ¡Abuelo!

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